martes 9 febrero 2010

24/02/2009

   El Plural / Política

  POLÍTICA

El mundo al revés o el pirata que parece honrado

Tras la renuncia de Bermejo, es urgente que Rajoy destituya a un batallón de presuntos facinerosos de verdad

Sin más pruebas que un amplio y variopinto haz de conjeturas, o especulaciones, acerca de la coincidencia en una montería del ministro de Justicia, Mariano Fernández Bermejo, y del magistrado de la Audiencia Nacional, Baltasar Garzón, el tribunal popular [el adjetivo encaja aquí como anillo al dedo] sentenció que ambos habían incurrido en tremendos e inconfesables violaciones de la legalidad vigente. Ello fue adecuadamente acompañado de historias lesivas para la honorabilidad del hasta ayer ministro, que han sido dadas por buenas con una naturalidad pasmosa, sin que se haya comprobada la veracidad del relato mundialista. De confirmarse habría que proceder, desde luego, con total severidad en relación al ya ex ministro.

Pero como Bermejo se ha especializado –por desgracia para él y para el Gobierno del que formaba parte- en alguna que otra metedura de pata sobresaliente y no ha sabido hacer frente con el adecuado tino a las protestas y actuaciones huelguísticas de los togados, el PP ha movilizado estos días toda su artillería pesada y ha conseguido el objetivo. Literalmente, podría decirse aquello del “cazador, cazado”. No es verdad, sin embargo, que Bermejo no hubiera presentado su renuncia, la semana pasada, en dos o tres ocasiones, al presidente del Ejecutivo, José Luis Rodríguez Zapatero, quien no se la habría aceptado. Y sí da la impresión que es cierto el hecho de que ayer por la mañana -cuando se trasladó a la Moncloa para transmitir su determinación de abandonar el Gobierno- las cartas estaban ya echadas. Probablemente, la declaración de Patxi López afirmando que “la cacería de Bermejo con Garzón no ha gustado a ningún socialista” acabó de precipitar la dimisión del ministro.

La bruja, hermosa
Fuere como fuere, todo esto –convenientemente contextuado- parece un verso suelto de El mundo al revés, aquel delicioso e irónico poema del siempre añorado José Agustín Goytisolo, fallecido hace diez años. Mientras que políticos y periodistas de la derecha se han esforzado en diabolizar hasta el paroxismo a Bermejo, con el fin inequívoco de diluir al máximo los escándalos de corrupción, hacer olvidar el affaire de los espías aguirristas y restar credibilidad a ciertos dossiers, lo cierto es que desde la izquierda no se ha sido capaz de mantener con firmeza el rumbo. El error de Bermejo, no obstante, ha sido paliado mediante un gesto que le honra. El de marcharse del escenario con dignidad. De modo que, en efecto, ha habido momentos recientes en los cuales el lobito parecía bueno y las ovejas lo maltrataban; la bruja parecía hermosa y el príncipe, malo, y ciertamente el pirata resultaba honrado.

Acto de autocrítica
Habrá que decir de inmediato que el PSOE e IU tienen la obligación moral de -mirando a los ojos de Mariano Rajoy y su comparsa- proclamar con rotundidad que ¡hasta aquí hemos llegado! Bermejo ha protagonizado un acto de autocrítica que merece no el desdén y menos el insulto o la vejación, sino el respeto. Zapatero, por otra parte, ha roto una tradición política –compartida por tirios y troyanos, en España y en Sebastopol-, según la cual nunca ha de concederse al partido adversario la cabeza de nadie que se encuentre asediado por los opositores. Y ello menos aún con elecciones tan relevantes como las de Galicia y Euskadi, a la vuelta de la esquina. El listón de las dimisiones lo ha dejado muy alto Zapatero gracias a uno de sus quiebros inesperados, orientados a romper la cintura del contrario y marcar gol.

Cuestión nimia
Si Bermejo ha caído por una cuestión nimia de forma y no de fondo, como así es, Rajoy tendría que destituir con urgencia o echar del partido a un batallón de presuntos facinerosos, que se han llevado el dinero crudo, que van de cazo en cazo y a vivir que son dos días. El Rajoy que alabó -con amable sonrisa y guiñando el ojo a Esperanza Aguirre- la decisión de ésta de poner en marcha la Comisión de Investigación Parlamentaria del Espionaje, se ha vuelto al respecto mudo. Lo que está ocurriendo con esa Comisión no es un cachondeo; es un escarnio, una burla, una forma perversa de mofarse de la transparencia democrática.

La Comisión del espionaje
Tres semanas después de haberse constituido esa Comisión –cuyo presidente se quitó de en medio por presuntas corrupciones-, aún no se ha puesto en marcha. Rajoy se ha pasado los últimos días ejerciendo de bufón con su tic-tac sobre la dimisión de Bermejo. Sin embargo, Rajoy, desde Galicia, asiste inmutable a la pantomima de una Comisión que busca únicamente tapar las vergüenzas del estado mayor de Aguirre. Ya sucedió algo similar con la Comisión del tamayazo, presidida –a la medida de los intereses del PP- por Francisco Granados, en la actualidad vicepresidente del Gobierno Aguirre, acorralado por indicios racionales de un prodigioso enriquecimiento difícilmente explicable.

Don Mariano tic-tac
Como le pasa a González, el otro valido de la lideresa. Rajoy no hace nada. Se encoge de hombros. El pacto entre los presuntos implicados es diáfano: no nos conviene que alguien tire de la manta. Con Rajoy, todos tranquilos. ¿O no fue él quien dijo, tras el Congreso de Valencia, que Carlos Fabra es “un ciudadano y un político ejemplar”? En efecto, todos tranquilos, don Mariano tic-tac.

Enric Sopena es director de El Plural

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