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William H. Gass: relatos sobre la condición humana

La Navaja Suiza Editores debuta con una nueva traducción de la mítica obra 'En el corazón del corazón del país'

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Vie, 3 Mar 2017

La Navaja Suiza Editores debuta con una nueva traducción de la mítica obra 'En el corazón del corazón del país'. La Navaja Suiza Editores empieza su andadura con una obra magistral, que era muy difícil de encontrar en nuestro país (la publicó Alfaguara en 1985), y en una nueva traducción: En el corazón del corazón del país, volumen del escritor norteamericano William H. Gass que reúne varios relatos largos o novelas cortas. Gass aún vive en Estados Unidos y, pese a su reputación de maestro de la narrativa, es un autor al que en España no se le ha prestado atención. Algunos habíamos podido leer una muestra de su sagacidad literaria en la Antología del cuento norteamericano que preparó Richard Ford. Es un acontecimiento doble que, en estos tiempos, nazca una nueva editorial y que lo haga además con un libro de William Gass.

En el corazón del corazón del país contiene cinco historias, y a menudo no nos queda claro si, como señalé antes, son novelas cortas o relatos largos, pero eso es lo de menos: lo importante es el poder de estas piezas y el disfrute que le proporcionan al lector de raza.

La primera de ellas, "El chico de Pedersen", es una especie de homenaje con variantes al mundo literario sureño: aquí encontramos a un joven narrador metido en un entorno rural de hombres embrutecidos que, a la manera de algunos personajes de William Faulkner, posee una mente perturbada, algo que Gass va introduciendo sutilísimamente y sin que apenas nos demos cuenta… hasta que advertimos el giro que ha dado el narrador y tenemos que volver un par de páginas atrás para saber qué ocurrió; está escrito con una prosa sencilla, la de quienes no tienen muchas letras y sin embargo saben contar un suceso como éste, en el que de manera misteriosa un chico aparece en el pesebre de los protagonistas, medio congelado e inconsciente, y la familia del narrador trata de resolver la situación.

En la siguiente, "La señora Ruin", Gass da otro giro casi radical porque, aunque estamos ante otra voz en primera persona, aquí nos traslada a una de esas zonas residenciales que con tanta pericia saben retratar los autores norteamericanos: esos exteriores donde, a la manera de Tim Burton o de John Cheever, todo parece bonito y pacífico. El narrador es un hombre que se dedica a espiar a su comunidad, un tipo más malicioso que aquellos a quienes observa: Espío a mis vecinos con dedicación y paciencia pero rara vez hablo. Ellos también me observan a mí, por supuesto, así que estamos empatados en maldades, pero acallo mi conciencia apelando a una frialdad científica de la que ellos carecen. Malicioso, pero capaz de dispersar frases de este calibre: Uno siente la calidez que desprende la decrepitud.

La tercera es "Carámbanos", y en esta historia pasamos a la tercera persona. Una voz que nos cuenta, con un humor fino, la historia de un oficinista obsesionado con los carámbanos que han formado las heladas. Un hombre cuyo jefe insiste en transmitirle que todo es una propiedad, e incluso que son las personas quienes pertenecen a las propiedades. De nuevo asistimos a los laberintos mentales de una cabeza algo aturdida.

"El orden de los insectos" arranca con una escena cotidiana, que algunos hemos vivido en ciertas ocasiones: el descubrimiento, por parte de una mujer (la narradora), de los cadáveres de varios bichos en la nueva casa en la que se ha instalado con su familia. Nadie sabe cómo han llegado allí, ni por qué motivo están muertos. Gass dota al relato de un tono sombrío, malsano, que concluye con la obsesión de esta ama de casa: He dedicado horas a ver cómo se alimentan las orugas.

En la última historia, "En el corazón del corazón del país", la estructura vuelve a cambiar porque el cuento está fragmentado en pequeñas piezas con título, casi como si fueran microrrelatos, en los que un poeta observa y descifra las escenas rutinarias del entorno de la ciudad en la que vive. Hay cierto poso de Samuel Beckett en el texto: Trabajo en mi poesía. Recuerdo a mis amigos […] No trabajo en mi poesía. Me olvido de mis amigos […].

Uno de los aspectos más valiosos de En el corazón del corazón del país es que William H. Gass hizo algo propio de James Joyce (véase Ulises): cambiar de tono y de registro y de estilo en cada uno de los relatos, lo que acredita su talento para narrar desde cualquier punto de vista, desde cualquier personaje, esté perturbado o no, sea un niño o un adulto, viva en una comunidad respetable o en un ámbito rural. Esencial es la traducción de la escritora Rebeca García Nieto, que logra (como suele decirse) que la prosa fluya, que sea amena sin caer nunca en lo rígido ni en lo forzoso y que numerosas frases suenen a música. No hemos encontrado ni una sola errata, algo de lo que deberían tomar nota unos cuantos editores. Y el epílogo, de la propia traductora, también resulta ejemplar.

Hace algunos años José Luis Amores (editor de Pálido Fuego) comentó la obra en su blog, y me remito a algunas de las cuestiones que entonces señalaba, pues su veredicto me parece muy certero: Este pequeño libro contiene cinco relatos, o igual cuatro relatos y una novela corta, que retratan de manera desoladora, y en ocasiones sórdida y gris, la condición humana. En cada uno de los relatos el ser humano es expuesto a condiciones casi extremas; tanto en el sentido físico como en el mental. Gass atraviesa capas y capas hasta llegar a lo más profundo del hombre: su mente y sus extraños mecanismos. En el corazón del corazón del país es un libro sombrío, divertido a ratos, es una obra mayúscula.