30/09/2008
El Plural / Artículos de opinión
ARTÍCULOS DE OPINIÓN
Ecos de S.A
El paradigma Reagan-Thatcher ha muerto
La Cámara de los Representantes, por distintas y poco coincidentes razones, acaba de frenar el Plan de Rescate financiero. Por ahora. 700.000 dólares de los contribuyentes norteamericanos indiferentes a las necesidades sociales del país del “sálvese quien pueda” del presidente Bush iban a ser inyectados a los bancos para rescatar de la quiebra a que estarían abocados por su conducta temeraria. Con ese dinero, el departamento del Tesoro que dirige Henry Paulson compraría a las entidades financieras la deuda de “mala calidad” vinculada al mercado hipotecario y sus derivados.
El hecho de que el Congreso haya mostrado su negativa a la aplicación del plan, en primera votación, no obsta para un análisis del panorama. La situación es tan dramática, los riesgos tan apocalípticos y la solución tan vergonzosa que Bush se había visto obligado a consensuar su plan con el partido demócrata en busca de un consenso que solo se ha dado en caso de guerra mundial. De hecho, el secretario del Tesoro acumularía, de aplicarse, poderes comparables a los de los que dispusieron los presidentes en tiempo de guerra para administrar montañas de dinero público si bien, ante la desconfianza general y las ingentes cantidades de dinero a manejar se crearían comités de supervisión independientes que podrían intervenir en el proceso de rescate si no se consiguieran los objetivos establecidos.
Ciertamente que la alternativa, el no hacer nada, que es lo que mandarían los principios liberales del “dejar hacer, dejar pasar” que está en la esencia del pensamiento “neocon” que inspira al partido republicano desde Reagan hasta George W. Bush pasando por el padre de este, George H. W. Bush, podría llevar, probablemente, al colapso del sistema financiero y con él al de la economía real. Por eso sigue planteándose como inevitable desbloquear el flujo de crédito actualmente paralizado por la desconfianza generalizada y bien justificada, pues nadie puede calibrar hoy el valor de lo que tiene ni de lo que debe, mientras se cambia el sistema, que no puede hacerse de la noche a la mañana.
Los demócratas –noventa de los cuales han votado contra el plan de rescate en el Congreso-, habían sido llamados a un consenso vergonzante; por otro lado, las condiciones éticas que han planteado, ellos lo saben bien, no pasan del nivel cosmético: dificultar el cobro de los “paracaídas de oro” que se embolsarían los responsables de la catástrofe al ser despedidas de las entidades que dirigieron y que ahora han sido nacionalizadas y a las que sobrevivirán gracias a la compra a precio de oro de la basura acumulada desaprensivamente basados en la convicción de que su cuantía exigiría el socorro del Estado. Lo más que pueden llegar a hacer los demócratas es que algo del maná estatal alcance a los hipotecados propietarios de viviendas evitando el desahucio y que se cree un fondo para promover viviendas a un precio asequible.
La constatación de que no se puede dejar que se derrumbe el sistema generando el pánico no quita un ápice de vergüenza al ahora solo posible rescate de los 700.000 millones de dólares, 480.000 millones de euros, unos 77 billones de pesetas, una cantidad sin precedentes y difícilmente imaginable y que muestra con claridad meridiana el fracaso de un mercado ajeno a todo control.
Es evidente que el sistema financiero que pivotaba en Wall Street ha muerto a pesar de los patéticos esfuerzos de Bush para limitarlo a “dificultades pasajeras” y para evitar la palabra “nacionalización” a la que tiene alergia, una expresión que considera apropiada para gente como Chávez y Hugo Morales.
Lo cierto es que ha muerto el paradigma acuñado por Ronald Reagan y Margaret Thatcher: Gobierno pequeño, pocos impuestos y mercado autorregulado, ahora hasta los liberales han descubierto virtudes al pérfido estado para que les saque las castañas del fuego mientras los broker acuñan una nueva expresión: “socialismo financiero” que está haciendo fortuna con el que pretenden que los poderes públicos garanticen su tinglado contra cualquier contingencia. Los países europeos, despreciados por los “neocon” con la infamante etiqueta de “estados paternalistas” han sido superados por Estados Unidos en un intervencionismo tan salvaje como fue su liberalismo en nombre del Gran Pragmatismo.
Termino con las palabras del presidente norteamericano sobre lo que podía pasar si el Estado no interviene: “Puede haber una ola de pánico que provoque la quiebra de más bancos, hunda la Bolsa haciendo desaparecer los ahorros de millones de norteamericanos… los desahucios pueden multiplicarse y las empresas pueden quedarse sin créditos, destruyéndose millones de empleos”. Es el Apocalipsis según el profeta George Bush que, desde luego, no reconoce su propia responsabilidad en el desastre por lo menos en cuanto a la vigilancia del comportamiento desalmado de los intermediarios del dinero.
José García Abad es periodista, escritor, director de El Siglo y analista político
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