Opinión

Escándalo

“No hay peor ciego que el que no quiere ver”

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Jue, 16 Feb 2017

Un antiguo refrán español que no pierde vigencia, porque parece ser propio de la condición humana aceptar o negar algo en base a las propias creencias o a los propios intereses, es ese que alude a la ceguera del autoengaño: “No hay peor ciego que el que no quiere ver”. Lo cual significa lo mismo a nivel coloquial que lo que dicen sociólogos, psicólogos y pedagogos al respecto del adoctrinamiento sectario; especialmente del adoctrinamiento en verdades irracionales y reveladas que sustituyen en la Educación al contacto con la racionalidad, con el conocimiento científico y con el librepensamiento.

Un niño español puede pasar en una hora de una clase de ciencias en la que le hablan de la composición de las moléculas y de los átomos a otra de religión en la que le cuentan supersticiones indemostrables al amparo de algo que llaman “fe”. Eso de la fe es el chollo del siglo, bueno, no, el chollo del bimilenio; porque asegura que todo lo que se cuente desde determinados ámbitos, por fantástico y disparatado que sea, será creído “con fe ciega” por millones de personas que han renunciado, como dios manda, a su capacidad de pensar. Aunque también es verdad que hay unos cuantos que esa capacidad no la tienen.

En esa tesitura ¿qué podemos esperar? ¿Cómo vamos a esperar de un estudiante que consiga abrir su mente a la inquietud de la búsqueda de la verdad filosófica o científica mientras le contamos mentiras y le decimos que hay que creer en supersticiones porque sí, negándole la posibilidad de cualquier cuestionamiento? ¿Cómo vamos a esperar que un adulto haya aprendido a pensar y a razonar de manera óptima si en su subconsciente existen unos esquemas irracionales que son incompatibles con la lucidez intelectual y con la comprensión racional del mundo? El adoctrinamiento religioso forma parte, en definitiva, del control social que llevan a los grupos tradicionales de poder y las élites dominantes a manipular a las sociedades en aras de sus intereses.

Y, en ese contexto, habituados como estamos a normalizar en el inconsciente personal o colectivo cualquier contradicción que provenga del ámbito religioso, acabamos aceptando y justificando verdaderos disparates y contradicciones que, a la luz de la razón, son actos verdaderamente vergonzosos y punibles. De tal manera que se asume que el Estado se desembolse de cantidades de dinero ingentes para financiar al clero por, supuestamente, “darnos apoyo espiritual” y continuas lecciones de moral, a la vez que ellos se saltan la moral por el arco del triunfo de manera sistemática y más que evidente.

Leía a principios de semana en BBC Mundo una noticia escalofriante, aunque estemos habituados a noticias de este tipo. En Australia se ha destapada una trama de gran magnitud de pederastia por parte de curas de la Iglesia católica. Por el momento van cuatro mil quinientos niños que fueron abusados sexualmente y casi dos mil curas implicados. Más del 7% de religiosos de la Iglesia católica en Australia han sido acusados de abusos. Las cifras son espeluznantes. Aunque no es nada nuevo.

A lo largo y ancho del planeta han salido a la luz numerosas tramas de este tipo en las últimas décadas. Empezaron a denunciarse en un movimiento imparable a partir de mediados del siglo XX, como una consecuencia necesaria a una realidad monstruosa que se tapaba y no salía a la luz; por un lado, por el secretismo y los obstáculos de la Iglesia, y, por otro, por la vergüenza y el trauma de los millones de niños víctimas de una repugnante aberración.  Recordemos los casos paradigmáticos de Irlanda, Estados Unidos y Alemania, en los que miles de niños fueron violados por curas ante el silencio y la complicidad de la organización católica. Aunque lo cierto es que la pederastia se extiendo como la peste en todos los países en los que la Iglesia está instalada. Es tan simple como que donde hay represión hay depravación.

Y es, además, muy curioso y significativo que el actual Papa católico, quien da una imagen de moderación y humanitarismo, auspició un nuevo manual para los obispos recién ordenados en el que se les deja muy claro que no están obligados a denunciar los abusos a menores. Es decir, por un lado, a veces piden perdón a las víctimas de pederastia, pero, por otro, siguen en las mismas, enmascarando una realidad que no se puede enmascarar porque en ella va impresa la vida, el desgarro psicológico y el futuro de millones de niños víctimas de sus repugnantes abusos

Probablemente ese afán de esconder es muy entendible porque saben muy bien que es imposible erradicar esa lacra. Es imposible porque, repito, no se puede ir contra la naturaleza, reprimir la función afectivo- sexual lleva como consecuencia directa la depravación, algo a lo que, por activa y por pasiva, el clero nos tiene muy acostumbrados.

En este contexto sigue habiendo millones de personas que consideran la moral cristiana como su paradigma de la moral. Y no es por falta de información. Tenemos mucha posibilidad de información en el mundo actual. Es por adoctrinamiento y manipulación. Y, porque como reza ese viejo refrán, “no hay peor ciego que el que no quiere ver”.

 

Coral Bravo es Doctora en Filología