Panorámica del acto de proclamación de Pedro Sánchez como nuevo líder del PSOE.
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análisis

Pedro desdeña la ‘paz’ y abraza la ‘victoria’

Colofón de la guerra civil socialista, el Congreso no ha enviado al 40% que perdió las primarias ningún mensaje de reconciliación ni gesto de integración

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Dom, 18 Jun 2017

Un nuevo PSOE ha echado a andar. El Partido Socialista Obrero Español parece desde ayer el Partido Pedrista Obrero Español. El PSOE soy yo. Todo el poder para el secretario general. Los barones han sido expulsados de la corte de Ferraz. Desde ayer, solo existe El Rey, que podrá actuar libremente, sin el engorroso contrapoder de una nobleza territorial a la que el renacido monarca quiere hacerle pagar muy caras sus traiciones. Entre el pueblo y el rey ya no hay nadie.

Una duda resuelta

La duda principal era si Pedro interpretaría los resultados de las primarias en clave de paz o en clave de victoria: pues bien, lo ha hecho en clave de victoria, entendida esta en el sentido en que lo hacía Fernando Fernán Gómez en la escena final de ‘Las bicicletas son para el verano’. Primavera de 1939 en un Madrid hambriento y en ruinas. El padre republicano le confiesa apesadumbrado a su hijo Luis que seguramente va a ser detenido: 

–Y mamá que estaba tan contenta porque había llegado la paz.

–Es que no ha llegado la paz, Luis, ha llegado la victoria.

Economía y política

Las primarias socialistas han sido una guerra civil en toda regla y el caudillo de los vencedores no quiere que nadie olvide quién la ha ganado. Ni un solo mensaje de reconciliación. Ni un solo gesto de clemencia con los vencidos.

Del 39 Congreso Federal no ha salido –salvo en la ponencia económica defendida con mucho respeto por Luis Ángel Hierro– un PSOE más izquierdista, sino un PSOE más personalista, con el secretario general más fuerte, el Comité Federal más débil y la Ejecutiva menos respaldada de la historia del partido en mucho tiempo. Ha salido un PSOE más izquierdista en lo económico, más confuso en lo territorial y más populista en lo orgánico.

Sánchez como Suárez redivivo

En sus inicios, la batalla de las primarias socialistas era personal, no ideológica, pues ni Pedro era más de izquierdas que Susana ni esta más de derechas que Pedro, pero la victoria obliga a Sánchez a revestirse él y revestir al partido con esos ropajes ideológicos que son del todo ajenos a su biografía política pero que los prometió en campaña y que le ayudaron decisivamente a ganar la guerra.

¿Eso es malo? No necesariamente. Adolfo Suárez fue un gran franquista pero también un eximio demócrata, y fue ambas cosas eficazmente. Y todavía más interesante: fue ambas cosas sinceramente.

Malos augurios

Los peores augurios comienzan a cumplirse: el Partido Socialista tendrá enormes dificultades para metabolizar el resultado de las primarias sin sufrir una indigestión de caballo. Una victoria de Díaz habría sido más fácil de digerir, dado que la mayoría de la nomenclatura dirigente estaba con ella.

Al ser esa dirigencia territorial contraria y aun enemiga de Sánchez, se abre un abismo bajo los pies de los Javier Lambán, los Ximo Puig, los Emiliano García Page, los Abel Caballero… aunque no así sobre los Fernández Vara, que se ha apresurado a blindar su primogenitura extremeña a cambio de prestarse a dar verosimilitud a una integración que en realidad no se ha producido.

¿Es Pérez Tapias el tapado?

El de Susana Díaz es un caso distinto porque ella sí ha ganado en Andalucía. Otra paradoja, y no menor, que deberá gestionar Pedro: la de haber ganado donde el PSOE pierde y haber perdido donde el PSOE gana. No parece que, al contrario de lo que va a suceder en Valencia, en Andalucía el pedrismo promueva una candidatura alternativa a Susana Díaz. No lo parece, pero nadie lo sabe. En el viejo PSOE nunca la habría habido; en el PSOE de Pedro, todo es posible.

El líder de Izquierda Socialista José Antonio Pérez Tapias podría disputarle el liderazgo a Díaz sin ser oficialmente un candidato pedrista, aunque solo podría obtener los avales si la gente de Pedro se movilizara para conseguírselos. Pero, además de no serlo para el PSOE como tal, tampoco sería una buena opción para Ferraz, pues lo más probable es que Susana ganara esa batalla: y se la ganaría a Sánchez, no a Tapias. Paradójicamente, a quien mejor le vendría una candidatura alternativa a la presidenta sería a la propia presidenta, que podría así revalidar su liderazgo con el voto desnudo y sin intermediarios de la militancia (si ganara, claro).

Especies protegidas

En este nuevo PSOE todo es posible: incluso disparar a los secretarios generales que tienen la condición de presidentes autonómicos y a los que, históricamente, el partido había mimado como a especies protegidas. Pese a ser en estos momentos los presidentes autonómicos una especie socialista en peligro de extinción, no parece que esa excepcionalidad ecológica vaya a frenar el ansia de revancha de los vencedores.

Ahora bien: como no anden con cuidado, al darle el gusto al cuerpo de tirar el agua sucia por la ventana pueden acabar tirando también al niño que estaba bañándose en la palangana.  

La hermandad perdida

Más allá, en fin, del relumbrón congresual de este fin de semana, el PSOE de Pedro Sánchez es, aunque no del todo por su culpa, un partido famélico, en ruinas y al borde del abismo. Necesita a toda costa recuperar la unidad interna, restaurar la hermandad perdida.

Lo peor que podría hacer el vencedor de la guerra es cebar con humillaciones –¿no es humillación haber metido en la Ejecutiva Federal al alcalde de Calasparra que llamó mafiosa a la Gestora y faraona a Susana Díaz?– el resentimiento de ese 40 por ciento del partido que votó a Susana Díaz, que no se siente cómodo con el vocabulario de la plurinacionalidad, que quiere que sus referentes históricos sean respetados o que desconfía de las técnicas plebiscitarias para dirigir un partido.

¿Pero tan grave sería eso, si como mucho supondría desairar a unas pocas decenas de miles de militantes? Tan grave: pues lo que está en juego para el PSOE no son los sentimientos de unas cuantas decenas de miles de militantes, sino los votos de unos cuantos cientos de miles de votantes.