Pero había que empezar por Bankia cuyo agujero negro supera los 23.000 millones de euros y cuya lista de culpables, o de presuntos implicados, se remonta en el tiempo.
Metieron la pata o la mano torpes y malandrines desde los tiempos de Miguel Blesa, y entre todos perpetraron el desastre por acción o por omisión. No ha faltado el pasteleo entre directivos, sindicatos y partidos políticos.
Hay que felicitar a Rosa Díez por presentar la correspondiente querella por la comisión de delitos de estafa, apropiación indebida, falsificación de cuentas anuales, administración fraudulenta y maquinación para alterar el precio de las cosas.
La sorpresa ha sido la posición favorable a la imputación de los responsables del estropicio por parte del fiscal general del Estado, Eduardo Torres Dulce, de acuerdo con un informe del fiscal jefe de Anticorrupción, Antonio Salinas.
Lo más esperanzador, no obstante, es que el juez de la Audiencia Nacional, Fernando Andreu, admitiera a trámite la querella e imputara a pesos pesados de la política como Rodrigo Rato y Angel Acebes, exvicepresidente económico y exministro del Interior respectivamente durante el Gobierno Aznar.
El juez también exige información sobre retribuciones, planes de prejubilaciones, pensiones, seguros de vida, indemnizaciones por cese etc. que se autocencedieron con toda la cara los directivos.
Tendrán que declarar también directivos de entidades públicas responsables de la vigilancia de la entidad como la CNMV y el Banco de España además del auditor de las cuentas Deloitte.
El ministro de Economía, Luis de Guindos, que fue estrecho colaborador de Rodrigo Rato trató de tirar balones fuera cuando le preguntaron por la cuestión agarrándose al sospechoso argumento de que hay que mirar para adelante.
Hay que mirar hacia adelante, por supuesto, pero en beneficio de la justicia y de la irritación social y si queremos que no se vuelva a caer en el error y la abominación es necesario, aunque no suficiente, que se diriman las responsabilidades sobre los comportamientos pasados.
Las investigaciones deberían remontarse al menos a Miguel Blesa, el colega y amigo a quien José María Aznar puso al frente de Cajamadrid.
Blesa cometió, según la mas favorable de las interpretaciones, imprudencias imperdonables, como la de Martinsa, propia de un culebrón bíblico.
Carlos Vela, alto directivo de Cajamadrid, el núcleo duro de lo que hoy es Bankia, se marchó un buen día a la inmobiliaria Martinsa como consejero delegado y al quebrar esta volvió a la casa del padre como el Hijo Pródigo para presidir su corporación industrial.
Un regreso sorprendente pues el tal Vela había hecho un roto a la caja de 1000 millones de euros al conceder a Martinsa un crédito cuando el personaje era responsable de los grandes préstamos de la caja.
Me han parecido pertinentes las declaraciones que formuló recientemente Manuel Pizarro, una importante personalidad del Partido Popular en el foro de la FAES, la fundación que preside José María Aznar, sosteniendo la necesidad de abrir la “caja negra” para analizar a fondo las causas de la catástrofe.
Hay que felicitarse pues de que en el Partido Popular se oigan voces razonables y que no traten de echar tierra sobre uno de los escándalos más costosos para este país.
Un escándalo que ha provocado la intervención europea, la desconfianza de los mercados sobre el estado de nuestras finanzas, sobre la eficacia inspectora del Banco de España, sobre la gestión gubernamental y, en definitiva sobre la marca “España”.
José García Abad es periodista y analista político